domingo, 30 de noviembre de 2014

Vivinera




Vivinera es una localidad legendaria, sus comienzos se remontan a épocas prerromanas. Tiene hacia el suroeste un castro que, aunque lleva los nombres de Pico de la Almena o  Cerro del Moro, nada tiene que ver con los   mahometanos y es uno de los más antiguos y peculiares de la comarca. Construido en los siglos III ó II antes de Cristo -anda  que no faltaba para  Mahoma-  ostenta la singularidad de tener como defensa piedras hincadas, fincones,  en sus laderas, formando círculos excéntricos,  lo que impedía, o al menos hacía muy dificultoso y lento, que los asaltantes pudieran acceder a caballo hasta el amurallado recinto . Ocupa una extensión bastante grande y aun hoy se pueden ver las piedras hincadas y los restos derruidos de la muralla y del torreón. En la localidad  hay una fuente romana     que ha abastecido de agua potable  durante casi veinte siglos  a sus gentes, cosa que viene a certificar que el pueblo ya existía antes de nacer alguno de nosotros.

El nombre, aunque hay teorías que dicen que viene del término VINEM-NIS que quiere decir mimbrera, sitio abundante en mimbres; yo creo que procede de la alocución VICI- NEMEN, que significa ALDEA SAGRADA. Pero no me hagan mucho caso: pues ni se latín, ni tengo idea de semántica ni soy filólogo. Es que esto segundo es  bonito, me gusta más y puede que hasta sea cierto.

Vivinera bien  merece una visita: está a tiro de piedra de Alcañices;  ver el Pico de la Almena, la fuente romana, visitar la iglesia,  que tiene en la pared norte y en el altar mayor  unos magníficos frescos, restaurados recientemente, que cuentan la vida de Santo Domingo de Guzmán, patrono de la localidad. ¡Ah,  y no hay que olvidar que tiene aeropuerto! Esto y charlar con sus gentes justifica un paseo hasta allí. El  aeropuerto  es moderno, pero la localidad tiene tradición aeroportuaria.  Ya  en la década de los años 30 del S. XX. en el pago del Cerrado aterrizó un aeroplano que pilotaba uno de la villa apodado el Inglés y, creo recordar que veinte o treinta años después, volvió a aterrizar otra avioneta en el mismo sitio. Según  cuentan, hace pocas fechas otra vez  también una  avioneta aterrizó en el Cerrado, sorprendiendo a unos deportistas que jugaban al golf en Sahú, a quienes preguntaron los ocupantes si en las proximidades había una gasolinera. O sea que lo del aeródromo no es ninguna tontería, para eso está el de Castellón.

La gente de la localidad es amable, acogedora, esplendida,-recuerdo con nostalgia las invitaciones del día del rosario y las cenas  en casa de la Emilia, ¡aquellos pollos de su corral guisados  al pote!- a pesar de la fama que le otorgan los dichos, que manifiestan que son gentes arriscadas, osadas, temerarias. Para definirlas se dice que: son de la Quinta de los Picadeiros. Pero  este apelativo  es por algo,  no viene a humo de pajas, tiene su historia y allá va:

Francisco Mendes de Vasconcelos, fundador del mayorazgo de la Torre, en el lugar de Carreira dos Cavalos, era señor de la freguesia (que fue parroquia en los inicios del reino de Portugal)  dos Picadeiros, quinta  que está cercana a la localidad de Vimioso.  Pues bien, este señor se fue para Salamanca donde se casó con Inés Taveira de Figueroa el año 1480 y, como tampoco en aquella época se debía vivir mal en esa ciudad, allí se quedó.  En Salamanca estuvo hasta 1493,  año en el que decidió retornar a Vimioso, no se sabe si por añoranza de su tierra, cosa poco probable, los portugueses siempre han sido muy viajeros, o bien por  necesitar dinero para poder seguir disfrutando de la gran vida que llevaba en la  universitaria ciudad. 

Al llegar a Vimioso reclamó a los habitantes de Picadeiros  los foros que estos no pagaban   desde que de allí se había ausentado; a lo que aquellos se negaron. Un día, el tal Francisco, bajo el pretexto de ir de cacería, apareció en la quinta acompañado de sus criados y amigos, siendo recibidos a tiros por los arrendatarios que mataron a dos de los acompañantes de Francisco. Los componentes de la cuadrilla de cazadores  cargaron contra los de Picadeiros,  matando  a cinco e hiriendo a muchos.

Francisco Mendes de Vasconcellos escapó ileso de la batalla y se fue a ver al rey  para contarle  lo sucedido, reclamar sus derechos y, para hacer mas fuerza en la petición y conseguir el apoyo real, ofreciose para servir en la armada que se estaba formando en Portugal  para ir a tomar Ceuta.

El rey Don Joâo II acepto la oferta, partiendo Mendes de Vasconcellos  para África el 2 de marzo de 1494. El  rey envió a Joäo Bernardes da Silveira, canciller de Porto, para Picadeiros, donde llegó el 28 de marzo con  fuerza militar suficiente para realizar la labor que le habían encomendado, que era la de castigar a los arrendatarios y reintegran la posesión a Francisco. Joâo cercó la población y prendió a los cabecillas de la rebelión: Antonio Duarte;  su hermano Chico Duarte;  Joâo da Costa;  Pedro Nunes Furâo; Antonio Rilhado; Domingos Anes;  Joâo Fernandes Picalho; Antonio Esteves; y Francisco de Almeida Bailâo.  En la orden de detención figuraban más, pero consiguieron huir.

El 16 de abril los presos fueron atados a esteras sujetas a caballos y de esta guisa les dieron tres vueltas alrededor de la plaza y del pelourinho de Vimioso. Después, en procesión y exhortados por dos sacerdotes, los llevaron a la capilla de Nossa Senhora dos Remedios donde se celebró una misa en la que platicó un sermón el sacerdote Antonio Pimentel. Los detenidos fueron posteriormente llevados hasta el alto do Sardoal, enfrente de la población de los Picadeiros. Allí habían levantado tres horcas, y allí fueron  ahorcados   los prisioneros, a excepción de Francisco Duarte y Antonio Esteves.

A los siete ajusticiados les cortaron las cabezas. Las de Furâo y Bailâo fueron clavadas en altos postes  en la localidad de Picadeiros y los otros quedaron en las horcas hasta que el tiempo  las consumió.

Los habitantes supervivientes de la Quinta huyeron aterrados para Aliste y se establecieron en Vivinera y en Castro Ladrón, que así era como se llamaba entonces el pueblo que hoy es Castro de Alcañices.

Esta es la historia, así nos la cuentan Francisco Manuel Alves y Adriâo Martins Amado en el libro: Vimioso, notas monográficas.

Jesús Barros

 

sábado, 15 de noviembre de 2014

La capitana y La francesada


La capitana

El pago que en Alcañices lleva este nombre es el que se encuentra entre el Alto del Castro  y el Llamerón,  justo donde nace el agua de Pozal, inicio del Chapardiel. Es un espacio pequeño en el que, aunque ahora casi todo esta de adil o pradera, con paredes caídas y silvas  por todas partes, en otros tiempos todo eran huertos cultivados con mimo, con paredes que los delimitaban perfectamente construidas. Y las fuentes, madres del riachuelo, se juntaban en una poza donde se criaban negros cangrejos autóctonos.

 El nombre de jerarquía militar de este pago  tiene su razón:

Durante los primeros tiempos de  la invasión romana, Aliste, que nunca  dominado por completo, fue escenario de escaramuzas y  sitio de paso de las legiones romanas que pelearon en las guerras contra cántabros y astures. Cuentan que la Legio VII Gemina estableció un campamento en Brandilanes, y en muchos pueblos alistanos existen infinidad de restos del paso por  estas tierras de los ejércitos del mas poderoso imperio de la antigüedad (Cesar estuvo aquí). El personaje más conocido de las guerras de los hispanos contra el ejército romano es Viriato, nacido, según la leyenda, en el sayagués Torrefrades. Pero  también  hubo alistanos  que pelearon en sus guerrillas, de casi todos hemos olvidado el nombre, y que colaboraron de manera importante a que el occidente de Iberia no fuera nunca una colonia romana. Entre los alistanos que lucharon contra el imperio   destacó    Lavara, nuestra Capitana.

Los alistanos de entonces, los zoelas, vivían dispersos en la multitud de castros  que había en la comarca, situados  siempre en sitios que fueran fáciles de defender y cercanos a vegas productivas. Lavara  habitaba  en el sitio que se conoce como el Alto del Castro, que servia de vigía de todo  Sahú y de los valles que naciendo de él, bajan hacia el pueblo.

La gente que habitaba el lugar vivía tranquila y holgadamente  de la ganadería, que pastaba en el próximo el cercano valle de Sahú, y del cultivo de la fértil tierra  de los alrededores. Pero llegaron los romanos y exigieron   los frutos de la tierra, carne para comer y, en cuanto se descuidaban los indígenas, esto sin pedirlo, mozas y en algunos casos mozos, para folgar con ellos. Lavara, que era la mas solicitada, no consintió en estos trueques y se lanzó al monte. En connivencia con gentes de los castros de la comarca hicieron una cuadrilla, guerrilla o banda,  que dirigida por ella puso en jaque a las tropas romanas. Los guerrilleros, conocedores del terreno y amparados por la abundante vegetación, atacaban a los invasores en las circunstancias y lugares  mas inesperados, sacando siempre los alistanos ventaja  en todas las batallas contra  los romanos.

Enterados de que al otro lado del gran río, Dur para los indígenas, Durii o Durius para los invasores, otros vaceos de Sagia luchaban también contra los mismos enemigos, se pusieron en contacto con ellos. Aunque formaron  parte de las huestes de Viriato y participaron en la lucha, nunca se fusionaron   con ellos, siempre fueron cuerpo guerrillero autónomo. Después de que los compinches del Sayagués (1) le traicionaran y las guerrillas se dispersaran, los acompañantes de  Lavara retornaron para Aliste. El prestigio adquirido por esta en las batallas como gran luchadora y por las dotes de mando que demostrara, hizo que por todo el territorio la conociera    por el sobrenombre de la Capitana.    

Quienes formaron la cuadrilla de Lavara se instalaron en el Castro, lo reconstruyeron y fortificaron. Ese territorio pasó a ser lugar inexpugnable y mítico para los habitantes de los demás castros de la comarca y las tierras que dominaba fueron conocidas desde entonces y para siempre como “las de la Capitana”.

 

Jesús Barros

 

 

 

 

 

 

La francesada en Alcañices

Soy natural de Alcañices

Habito  en los barrios bajos

En el número 14 de la calle de los pájaros.

Allí viven: El Cuco, la Carriza, el Bubillo

Y un pájaro de colores que le llaman el Lorito.

 Era su manera de presentarse.

Estos versos los escribió el alcañizano el Cuco para una de las fiestas de carnavales que se celebraban en la villa allá por los felices años veinte. Utiliza los apodos de algunos que, como él, vivían en la  misma calle,  tenían motes  de nombres de  pájaros, y para que no se enfadaran, aunque no era habitual que alguien se ofendiera por que le llamaran por el apodo ya que era la manera habitual de dirigirse y distinguir a los convecinos, se pone él el primero. Excepto el último, que  el apodo era  resultado de que tenía el pelo rojo, los ojos azules, pecas y otros matices, los otros llevaban  apodos de nombres de pájaros frecuentes de la comarca, debido a que alguno de sus ascendientes había nacido en el monte durante la invasión francesa.

 

El general francés Croix se presentó en Alcañices con un numeroso  ejercito, y sorprendió en la cama al  general Echevarria que estaba al mando de la fortaleza,   y se apodero de la villa. Los franceses, que  fueron como  el caballo de Atila,  aunque creo que me he quedado muy corto. No  dejaban cosa de valor a su paso, se apoderaban de todo lo de lo que mereciera la pena y lo que no les era útil lo destruían. Durante su estancia  ocuparon el convento y la iglesia de San Francisco; lo usaron como cuadra,  expoliaron cruces, objetos sagrados y obras artísticas. Utilizaron el hospital de San Nicolás como cuartel y lo dejaron de tal manera que desde entonces yo no pudo dedicarse jamás al fin para el que fue edificado.  La Alhóndiga quedó  inservible para su función y gran parte del pueblo quedó arrumbado. En Alcañices las tropas francesas no estuvieron  mucho tiempo, sólo el necesario para que los soldados descansaran y se repusieran, pero de las consecuencias de su estancia la villa tardó mucho en recuperarse. Aliste, y mas concretamente Alcañices, era refugio de las cuadrillas de guerrilleros que operaban en la comarca contra los franceses, entre ellas la de Tomás García Vicente y, para que no pudieran ocultarse en el pueblo, los galos  utilizaron aquí la política de “tierra quemada”.

Ante el acoso del ejército francés, mucha de la gente del pueblo tuvo  que abandonar sus viviendas y refugiarse durante el tiempo de la ocupación en los montes de los alrededores.  Entre las que huyeron, estaba la familia de la abuela del Cuco, el versificador en festejos de carnavales en los que, en tono humorístico, se contaban los hechos  merecedores de crítica que habían sucedido en el pueblo durante el año. Esta señora  dio a luz en el Majadalón al padre de nuestro vate, a quien pusieron el Cuco, apodo que heredó su hijo, que  fue el autor de versos muy famosos en su tiempo. Alguno  aún se conserva en papeles y en la memoria de los que los hemos oído a nuestras familias. P.e. estos que cuentan:

La Burralla caprichosa

en sacrificios se aferra,

y a todo trance se obstina

que la nombren de  Guerra.

 

Genoveva va a fomento

y la tía Ana a Marina,

porque cuenta con Tomasa

de Secretaría interina.

 Eran  algunos de los que describían la formación de un gobierno en el “estado” de Alcañices.

 También hacía crítica de las cosas que la merecieran: como  el pueblo  no era un dechado de limpieza, en una de sus composiciones utilizaba para criticarlo el casamiento de mi abuelo Antonio Barros

“Por la calle  labradores/ ya no se puede correr.

Que  han llegado los Barros/ hasta casa de Isabel”.

El nacimiento de gente en el monte y, otra vez más, la destrucción del pueblo, fueron alguna de las consecuencias de la francesada, también de la curiosa historia que sigue:

 En Alcañices está enterrado Pablo Muñoz de la Morena, héroe militar de la guerra de la Independencia que también participó en la guerra de la Naranjas (recibe este nombre debido a que Godoy, Príncipe de la Paz, para celebrar el triunfo conseguido en las “grandes” batallas que libró contra los portugueses, envió un ramo de naranjas de Elvas a la reina María Luisa.) y en la de la Independencia  en la batalla de  Bailen, a las ordenes del general Castaños, primera que perdieron los de Napoleón, en la que mereció el reconocimiento de héroe y fue condecorado como tal por el más deseado de los reyes, el glorioso Fernando VII.

Don Pablo era del Toboso, como Dulcinea, donde había nacido en 1769, y vino a morir en Alcañices, donde vivía uno de sus hijos, en 1848.  

 

   Jesús Barros

jueves, 25 de septiembre de 2014

La Alfarera




De cantares y coplas tengo un botijo

Cuando quiero cantar, tiro del pito

Popular

La alfarería es un oficio o arte, que realizan los humanos desde los albores de la humanidad. Empezaron a ejercerlo cuando  descubrieron que mezclando tierra y agua  conseguían una masa consistente que se podía modelar para hacer  útiles que, una vez tratados con  fuego, valían para contener líquidos, conservar y almacenar alimentos: embutidos, manteca, aceite, castañas, etc. Utensilios que  mantenían todo fresco y terso durante mucho  tiempo y que,  incluso, servían para cocinar. En todas las excavaciones que los arqueólogos efectúan, siempre encuentran restos de vasijas que fueron elaboradas por miembros de civilizaciones antiquísimas, hechas con perfección y belleza no superada en la actualidad.

La alfarería en Moveros, única actualmente perviviente en Aliste,  se viene efectuando desde épocas prerromanos. Las mujeres zoelas, en Moveros esta actividad siempre la  realizaron las mujeres,  hacían  cántaros, barrilas y pucheros con la porosa arcilla que existe en los barredos de la localidad. Los hombres cavaban, cribaban, preparaban y llevaban el barro a los alfares, hacían la cocción en los hornos e iban  a las ferias a vender los “cacharros”. Pero quienes  han hecho la labor de levantar el barro y darle forma en los  tornos, siempre han sido las mujeres.

Y esto es lo que cuenta la leyenda de cómo las mujeres de Moveros adquirieron la capacidad de crear objetos en barro, llegando a conjugar perfectamente utilidad y belleza:

Una niña moverina observaba todos los días como trabajaban el barro las mayores. Miraba  las cosas que hacían, sabía la utilidad de cada una de las piezas que salían de los alfares y hasta ella misma cogía de vez en cuanto una pella de barro, la echaba en el torno y trataba de levantarlo para hacer una vasija. Pero las cosas que  creaba no llegaban al horno, nunca estaba conforme con lo que salía de sus manos,  aspiraba a realizar algo bello y  aquel amasijo que puso sobre la tabla no se transformaba en el objeto que ella veía con su imaginación.  Cinnia, hermosa, que ese era el nombre de la joven y su significado, soñadora, romántica, creadora, artista inquieta, siempre buscaba la belleza. Pretendía que todo lo que la rodeaba fuera armonioso. Pero  las necesidades vitales no permitían  a las gentes otra cosa más que pensar en la supervivencia, en el día a día. Tampoco en aquellos tiempos Aliste era la Arcadia feliz.  

La niña subía a menudo hasta el alto de la Luz, telúrico lugar sagrado en el que los habitantes de los castros desperdigados por las inmediaciones iban a comunicarse con los dioses y solicitar su atención. En aquellos tiempos los dioses, en el Olimpo cuando no había grandes intrigas también se aburrían, se acordaban de los terrícolas  y tomando figura humana, bajaban a la tierra para ver cómo les iba a sus habitantes, y así se olvidaban de sus confabulaciones internas, alimentaban su ego, concedían pequeños favores  a los humanos y regresaban a disfrutar de los prerrogativas que su paraíso les ofrecía.

Una de las veces Cinnia se sentó a la sombra del menhir que existía en el alto, algo así como una antena que en  la  cima apuntaba a  los cielos y ponía en contacto a los terrestres con los dioses, y alisando un pequeño espacio de tierra, se puso a dibujar cántaros y barrilas, todavía  no existía  la palabra diseñar, soñando en poder materializarlos algún día en barro con la belleza y utilidad que imaginaba y que no  sabía cómo plasmar. Tan ensimismada estaba en sus sueños que no se dio cuenta de la presencia de alguien que desde hacía un buen rato, la observaba calladamente. Interesada en la actividad de la muchacha la  visitante, que no era otra que Atenea, diosa de las artes y de los oficios, hija de Zeus, que por encargo de este vistió y adornó de joyas a Pandora para que sedujera a Epimeteo,  preguntó a la niña:

        Que es lo que absorbe tanto tus pensamientos que impide que veas lo que tienes a tu alrededor.     

        Mis padres trabajan el barro, hacen cacharros que sirven para cocinar, almacenar alimentos y contener agua, pero yo sueño con hacerlos más útiles, más bellos, más perfectos. Los veo en mi imaginación, los dibujo en la tierra, pero no sé como llevar eso a la práctica y transformarlos en reales.

        He bajado del Olimpo para ver como sois los que pobláis esta tierra. Creía  que erais groseros, toscos y que no estabais interesados más que en la supervivencia. Es una sorpresa descubrir que tenéis inquietudes, que apreciáis la belleza, que os interesan cosas más allá de mera conservación de la especie.

        La vida en la tierra es tan dura que exige una entrega casi total, pero si sabemos apreciar las cosas bellas.

        Esta no es la primera vez que  tengo relación con vosotros los humanos, aunque nunca me preocupé de vuestros anhelos. Veo tus inquietudes y quiero que puedas realizar tus deseos, satisfacerte y, haciendo algo útil y beneficioso para los humanos, justificar mi estancia entre vosotros. Dime cuáles son tus deseos y te los concederé.

        Sólo te pido que pueda hacer objetos de barro tan bellos como los que imagino.

        Te concedo ese don. Desde ahora tú y todas las mujeres de tu localidad podréis realizar  en barro lo que imaginas en los sueños. Creareis cántaros, tinajas, barrilas y botijos, que serán los más bellos y útiles que nunca se hayan visto.

Cinnia se puso contentísima y preguntó que cual era lo que tenían que dar a cambio del don que les otorgaba.

Atenea, después de pensárselo un poco, contestó: ves que os otorgo a ti y a todas las mujeres de tu pueblo,  la capacidad de crear objetos en barro bellos, útiles, ligeros y  manejables. Pero  para   lograrlo os pongo una condición; tendréis  que realizar el trabajo  de rodillas. Así  siempre os acordareis que es la concesión de una diosa y que a los dioses siempre  se les reza de hinojos.

La niña fue para casa e inmediatamente pidió a su padre que le hiciera un torno que, puesto sobre el suelo, girara con facilidad. Se arrodilló, echó en la tabla una pella de barro,  y alternando el dar vueltas al torno con las manos con modelar la pella,  trasladó al barro  todo aquello que antes solo veía en su imaginación.   

Desde entonces en Moveros se hacen los cántaros tan bellos, su diseño es admirado y estudiado por etnógrafos, ingenieros, artistas, diseñadores y científicos que, ni aún hoy, con los más avanzados aparatos que la robótica ofrece, han conseguido superarlos. Tienen la medida justa para portearlos al hombro, en la cadera o en las aguaderas que se ponen a las caballerías,  sin que, a pesar del “chacolleo”, se derrame el agua. Son perfectos para verter su contenido a un vaso, tanto durante el transporte como ya depositados en la cantarera. Tienen la porosidad necesaria para conservar el agua a la mejor temperatura. Son ligeros a más de  fuertes y, aún rotos, siguen siendo útiles. Su final fue siempre hacer de tiestos para las plantas.     

Atenea, aunque sin identificarse, sigue visitando a quienes otorgó ese privilegio de creación y nunca se ha arrepentido de la concesión que hizo en el mágico teso donde hoy se venera a Nosa Senhora da Luz, en el que en días lejanísimos Cinnia acudía a soñar y, posteriormente, a dar gracias a aquella diosa que les concedió tan grande privilegio

Y como se canta en las jotas:

Allá va la despedida,

La que echan los cacharreros

Aquí tropiezo, aquí me caigo

Se jodieron los pucheros.

 

 

 

domingo, 23 de febrero de 2014

El Pingón


Yo soy un moro judío  que vive con los cristianos,

No sé que Dios es el mío ni quienes son mis hermanos.

Jorge Drexler



Cuenta la leyenda que tras el diluvio, Tau, nieto de Noé, llegó a la desembocadura del Duero y que, después de fundar Oporto y recuperarse de las penurias de la navegación, Yahvé le ordenó que llevara a su gente hacia el este, “ir al este” les dijo. Así que, río arriba, navegando  mientras les fue posible y caminando después,  aquí llegaron  Tau y sus huestes,  y aquí se establecieron en estas tierras que, efectivamente, estaban  al este. Como está demostrado científicamente, el lenguaje siempre tiende al ahorro y a la comodidad y en ese sentido va cambiando los nombres de los sitios y las cosas. Aquel  “al este” fue evolucionando: se unió el artículo al nombre, la primera e  se convirtió en i, y así nació  Aliste, palabra evidentemente mucho más fácil de pronunciar que la original al este.  Y  así surgió el nombre  por el que se conoce desde tiempo inmemorial a  la comarca y designa también al río, del que no esta muy claro si la cruza o la delimita. Esta es la teoría definitiva que aclara de donde viene el nombre de este territorio,  que echa por tierra la  de que se llama así por la existencia de alisos. Ahora se nombra como comarca que está situada al noroeste de Zamora, pero la realidad   es que está: “aliste de Oporto”.

No le den más vueltas, esta es la historia y ese es   el origen  y la razón  de la presencia de los judíos en la comarca, donde estuvieron muchos siglos, hasta que en 1492 los reyes Católicos los echaron, siendo Argozelo y Carçao, localidades portuguesas próximas, los lugares donde se aposentaron los que de aquí hubieron de huir a causa de su expulsión. Aunque tampoco en Portugal les fue tan bien.  

En Alcañiças el barrio judío (1) se ubicaba extramuros, en el suroeste de Dentro la Villa, en la soleada ladera que mira hacia el cañico de abajo,  en   las Tenerías, que era el sitio, de ahí el nombre, donde ellos desarrollaban la labor de curtición y tratado de las pieles, trabajo en el que eran expertos.  Los judíos siempre procuraban hacer su vida un tanto separados de los otros habitantes de la localidad; aunque las relaciones y la convivencia eran cordiales, nunca se mezclaban, amigos sí, pero cada uno en su casa y Dios, aunque con nombres diferentes, en la de todos. Tenían  los judíos su propio cementerio en la margen derecha del río, muy cerca de la desembocadura del Chapardiel, vigilado por la peña que todavía hoy conocemos con el nombre que secularmente lleva esa raza: la Peña de los judíos. Con los Templarios que, ojo al dato, comenzaron su andadura en el templo de Salomón, y fueron durante  casi dos siglos  señores de Alcañiças, siempre se llevaron muy bien.

El  tiempo en que el señorío de la villa perteneció a la orden del Templo, los judíos vivieron la época más tranquila y prospera, se  sentían protegidos y contribuyeron a que la localidad fuera entonces un importantísimo lugar al que visitaban reyes, reinas, nobles, obispos, etc. Evidencia de ello fue la larga estancia, casi un mes, que aquí pasaron la reina de Castilla Doña María de Molina,  Fernando IV,  Don Dinis, rey de Portugal, su esposa  Isabel, la aragonesa reina de Portugal beatificada en 1625, acompañados de los nobles de ambos reinos,  Guzmán el Bueno, por ejemplo ( el del famoso puñal de Tarifa),  durante la cual, entre otras cosas,  acordaron un intercambio de territorios a ambos lados de la frontera, que fijó los limites  de los reinos y que, con ligeras variaciones, siguen vigentes en la actualidad. De este tratado, concordia o como se quiera denominar, salió muy beneficiado el rey Dinis que se aprovechó de la debilidad, económica e institucional,  y la presión, guerra civil por medio, a que en Castilla estaba sometida Doña María de Molina y su hijo Fernando el IV.

Después de este largo preámbulo, vamos con la leyenda:

 Hoy, aunque es muy posible, debido a los obstáculos que hay para poder acceder a ella, que muchos no sepan nada de la fuente del Pingón, esta sigue existiendo. Está  en la ribera, en el fondo de la cortada rocosa que cae desde la estribación del alto de la Atalaya (siempre pongo la Talaya, ahora me vuelvo la chaqueta), en una pequeña concavidad en la que constantemente gotea agua purísima filtrada por las rocas, formando una pocita donde, de bruces, han bebido generaciones y generaciones de alcañiceños. Al  alto de la Atalaya lo horadaba  una enorme cueva (todavía hoy conservamos los nombres de  Peña Cueva y Cueva de los Judíos)  que sólo era conocida por estos y allí  se refugiaban  en tiempos de persecuciones y progons.

Los  judíos, conversos y cristianos solo tenían relaciones comerciales y de mera convivencia;  y aunque procuraban evitar intimidades interraciales,  alguna vez surgían amores  entre jóvenes  cristianos/as con  judíos/as, “que bonito es el amor” como dijo el alcalde Carrión celebrando una boda, que tenían la consecuencia de mezclas no siempre bien aceptadas por los miembros de las distintas razas que en la localidad convivían.

Una de estas relaciones fue la que surgió entre Raquel y Ervigio,   judía ella, y  de ascendencia alana él. Corría el último cuarto del siglo XV y los tiempos eran agitados por estas tierras fronterizas. Los portugueses eran partidarios de La Beltraneja (2), hija de portuguesa y, por tanto, no apoyaban a Isabel  como heredera del trono de Castilla, cosa que se dilucidó no lejos de estas tierras, justamente en Toro el año 1476. Y por aquí, como tantas veces, era un ir y venir de tropas. Los judíos, que preveían de esto malas consecuencias para ellos, entablaron relaciones con Portugal tratando de guardarse las espaldas buscando un sitio donde poder establecerse en caso de necesitar salir del país. Todo esto hacía que Raquel y su enamorado Ervigio tuvieran muchas mas dificultades de las habituales para relacionarse. Los  padres de ambos, que hasta entonces habían sido tolerantes,  prohibieron terminantemente sus entrevistas y la pareja, para seguir viéndose hubo de utilizar el ingenio y buscar nuevos sitios para sus encuentros.

Raquel, aunque nunca puso interés en ello,  había oído  hablar en su casa de la existencia de una gran cueva. Pero ahora era una plática, si bien velada y sólo entre los mayores, que  se repetía frecuentemente. Se interesó en el asunto y entre los retazos de conversaciones que pudo escuchar, descubrió que lo de la cueva era real y que había en las laderas de la Atalaya puertas de acceso. Se lo dijo a Ervigio y ambos se dedicaron a buscar los sitios por donde poder entrar en la cueva, si es que de verdad existía. Tuvieron suerte y encontraron una grieta en la concavidad que hoy es la fuente que les permitió acceder a la gruta. Desde entonces ese fue el lugar de sus encuentros, que dedicaban  a explorar las sinuosidades de las dependencias que allí formaba el terreno.

Como venían sospechando, desgraciadamente los malos tiempos llegaron para los correligionarios de Raquel. Los Reyes Católicos decretaron la expulsión de todos los que pertenecían a  la religión y raza judía. Y aunque en estas tierras fronterizas la ejecución de la orden se podía dilatar en el tiempo, todos los componentes de esa colectividad  decidieron  curarse en salud  y establecerse en el  vecino reino siendo la localidad de Argozelo la elegida por la mayoría de ellos. Poco  a poco para allí fueron trasladando sus pertenencias y estableciendo sus industrias. 

La familia de Raquel, que era  de las  relevantes de su comunidad, fue la última en abandonar Alcañiças. Ervigio y ella, que con las perturbaciones que en la cotidianidad había producido el decreto de expulsión, se podían  ver casi sin restricciones; afianzaron sus relaciones y decidieron no separarse pasase lo que pasase. Los padres de Raquel intentaron llevarla con ellos a toda costa y pusieron todos los medios  para conseguirlo. Pero la pareja, ya resuelta a permanecer juntos toda la vida, buscó refugio en la cueva y se internó en uno de sus múltiples escondrijos, decididos morir en el empeño si fuera necesario. La familia de ella  fue renunciando a la hija pensando en que había renegado de sus creencias y la de él, especulando con la posibilidad de   que su hijo se había fugado con Raquel, desistió en la búsqueda.

La pareja vivió muchos años en la enorme cueva disfrutando de la belleza que resplandecía a la luz que se filtraba por el translúcido cuarzo que cubría  parte del techo. Pasó el tiempo y el olvido se llevó el recuerdo de la cueva. La  naturaleza fue cerrando los accesos y el abandono, la desidia y el desinterés,  dieron  paso a gentes poco preocupadas por el pasado. La apatía dejó en el olvido la existencia de la cueva y la de la pareja que la habitaba. Las rocas, removidas por los terremotos que de vez en cuando  surgen a lo largo de los años, rellenaron la concavidad; los huecos que no ocupaban se anegaron de agua, y esta es   la que, aún hoy, destilando y purificándose entre las rocas, cae gota a gota en la pequeña gruta que  forma la preciosa fuente.

Jesús Barros

(1)       “La  judería de Alcañices es un curioso enclave fronterizo que necesita una monografía específica”. Juderías y sinagogas de la sefarad medieval. Ponencias de varios autores. Editores, Universidad de Castilla la Mancha. 2003

(2)       Juana de Trastámara, única hija de Enrique IV y de Juana de Portugal. Se dice que era hija de Beltrán de la Cueva, de ahí lo de Beltraneja,  aunque parece ser que fue concebida por inseminación artificial. Un  médico judío  recogió el semen de Enrique y fecundó con él a Juana.  El tal Enrique era impotente con su mujer pero no con meretrices

Jesús Barros 

domingo, 26 de enero de 2014


El  Pozo  Cañones


El Río nace en los límites de la Villa, donde convergen los términos de Alcorcillo, Tola y Matellanes, en los manantiales de Fuentelmillo,  Valciervas y Manacillo, y cruza, de noreste a suroeste, todo el término municipal. En Alcañices como no tiene nombre propio  lo  va tomando  de los pagos por donde discurre, así es: el río de “Palazuelo”, el de la Riberica, el del Tejar, en los puentes, hasta que pasa el Cañico de abajo, el Río, más adelante el de las Tenerías, la Ribera, y a partir del Pozo de Cañones, el de Bozas. Todos esos nombres recibe, ya que es un poco hijo de todos esos pagos.  Desde   que nace va incrementando su caudal con el agua que le aportan la multitud de fuentes, ¡que bonita la del Cacico!, que proliferan en sus márgenes. En las inmediaciones de la localidad, inmediatamente antes del puente pequeño, casi  duplica sus aguas con la aportación que le hace el río de Valdesejas o de Alcorcillo, pues esos dos nombres tiene,  recibiendo después los tributos: de la Quinta, del Chapardiel, los Cañicos, Carragaza y  las Violares. Llegando  a Bozas, donde,  mayor de edad, obtiene el  pasaporte y decide, como muchos hijos de Aliste, emigrar al extranjero ambicionando una nueva vida. En el pasaporte, como es imprescindible tener  un nombre,  le ponen: río Angueira  

Tuvo, y dio,  mucha vida; movía las muelas de la gran cantidad de  molinos que los de la villa alzaron en sus márgenes; impulsaba las mazas de muchos batanes y hasta fraguó el proyecto de dar energía eléctrica a la localidad.  Criaba   en abundancia cangrejos,  sardas y ranas,  hasta  las anguilas venían desde el mar de los Sargazos a disfrutar de la exquisitez de sus aguas,  y los zapateros se movían elegantemente por la superficie en los remansos. Todo eso hasta que los hijos de la villa  alevosamente  lo asesinamos, vertiendo en él todos nuestros   detritus y excrementos.

Emulando a Rodrigo Caro se puede decir aquello de:

Estos, Fabio, ¡ay dolor ¡que ves ahora

Campos de inmundicia, mustios y desolados

   Fueron un tiempo Itálica famosa.

Durante  siglos la ribera fue un espacio muy cuidado, tenía puentes de hermosas piedras de granito y pizarra, caminos que facilitaban el acceso a los huertos, y los molinos, como ya dije,  proliferaban  en sus márgenes. En las praderas siempre verdes, que se abrían desde su serpenteante cauce,  crecían chopos, nogales y otros árboles que, en algunos casos, eran de propiedad privada, pues el municipio facilitaba el terreno a particulares para que los plantaran  con la obligación de cuidarlos y reponerlos cuando los cortaban.

Al Pozo Cañones, piscina natural que se formaba, como a  kilómetro y medio del pueblo, aguas abajo en un recodo del río,  fueron, fuimos, hasta mediados del siglo XX, niños y mozos a bañarnos. El sitio tenía algo de mítico y, aunque no era muy extenso, los recovecos que se formaban en su perímetro disfrutaban de nombre propio.   En el Barranco, que era un espacio abierto, poco profundo y de fácil acceso, se bañaban los niños y los que no sabían nadar. Allí normalmente no había problemas, podían moverse con seguridad, zambullirse de cabeza desde las peñas, en las que había salientes a distintas alturas para tirarse. Solamente cuando aparecían los  mozos los niños tomaban precauciones, pues alguno de aquellos  a veces se entretenía  haciendo la “valentía” de  hundirles a la fuerza la cabeza un buen rato bajo el agua.  Vamos, lo que se llama hacerles un “niñón”. La Peña Hueca eran palabras mayores; a ella solo se atrevían a llegar los buenos nadadores valientes. Las historias que corrían de boca en boca metían tanto el miedo en el cuerpo, que los pequeños, timoratos, no intentaban ni acercarse. Solamente había un  nadador que se atrevía a introducirse en las ignotas profundidades de la Peña y cuando salía a la superficie, lo que acontecía después de un largo tiempo vivido con  angustia por los espectadores de su audacia,  contaba que la Hueca era una sima profundísima y laberíntica, en la  que había concavidades con aire para poder respirar, en la que se oían lamentos y mugidos  que procedían de lejanas y oscuras   sinuosidades.

Como si fuera un misterioso secreto, se transmitía en voz baja  que  las profundidades de la Peña albergaban un carro con vacas a él  uncidas,  que eran las que producían los extraños ruidos que tanto nos amedrentaban y que lograban que nos acercáramos a sus inmediaciones. Incluso, pero esto sólo se susurraba al oído, que también estaba en esas profundidades una familia  firmemente agarrada a las teleras de un carro.

En aquellos tiempos hacer  deporte era un derroche de energía que no se podía permitir, era un lujo. La comida era poca, las necesidades muchas y había que aprovechar  el trabajo de todos para sobrevivir. Así lo entendían  los mayores. Por  tanto, lo que se decía del Pozo de Cañones  no se les podía preguntar pues era  como confesar que bajábamos a bañarnos  gastando las fuerzas y el tiempo en actividades no productivas.

Yo era un privilegiado, tenía bisabuela, algo realmente raro entonces. Sabido es que las abuelas tienen una relación extraordinaria con sus nietos. Pues mi bisabuela, que tenía más de noventa años me narraba cuando estábamos solos al humor de la lumbre, historias, cuentos, fábulas y leyendas.  Un día  me contó esta: 

Hubo un tiempo en el que un camino bordeaba  todo el río  y era frecuente que las gentes de la Villa que se dedicaban a las labores del campo bajaran  con carros, bien a llevar granos para molerlos en los molinos que existían a lo largo del cauce, o a trabajar en los feraces huertos que, levantando bancales para aprovechar las facilidades que para su riego daba el río,  habían hecho en todos los recodos a lo largo de la ribera.

Una familia, formada por el matrimonio y dos hijos pequeños,  bajaba a mediados de Abril, pues el inicio de la primavera había sido bonancible, a sembrar su huerto de Bozas con el carro cargado con el arado, el arrodadero, azadas,  guinchas y demás aperos necesarios, y unas cestas con patatas troceadas  para la siembra  aprovechando bien los nacederos. El padre, a pie, abría la marcha, y los  niños y la madre iban sentados en el carro, ellos en la parte de atrás y ella, con la vara y los ramalillos, guiando y arreando la yunta.

El grupo iba alegre pues  el tiempo era bueno y aparente para facilitar las labores que pretendían llevar a cabo aquella tarde. Después de pasar la desembocadura del Chapardiel y la fuente Buena,   empezaron a ver unas lejanas nubes negras   que con velocidad inusitada iban  aumentando de tamaño y  cubriendo el cielo. La familia siguió ribera abajo despreocupada pensando en que solo sería una tormenta primaveral.  Empezó a llover y a la altura de la fuente del Pingón la lluvia se intensifico tanto que carro y ocupantes hubieron de resguardarse al amparo de las paredes del  molino que había enfrente. El caudal del río crecía, y crecía de tal manera que imposibilitaba la vuelta a casa. La lluvia era tan fuerte que parecía que un mar se volcaba desde las nubes. El agua arrastraba todo la que se le ponía por delante, las paredes del molino, que formando una presa contenían la riada, no aguantaron la embestida, fueron arrolladas y dejaron sin protección a los que a su abrigo se habían refugiado. Padres e hijos se abrazaron y se cogieron con fuerza al carro intentando que no los llevase la avenida, pero la cantidad de agua caída arrastraba en un amasijo  árboles, maleza, y todo lo que encontraba a su paso. El grupo no aguantó el embate  y formando un todo con lo que el río traía fue llevado aguas abajo hasta que con árboles, maleza y piedras  pararon contra unas rocas que sobresalían en el cauce, formando una presa en la que se iba quedando todo lo que el agua arrastraba. La consecuencia de aquello fue la creación de un recodo en el río y una concavidad muy profunda en la que fueron depositadas la familia, vacas y carro. Así surgió  el pozo  y de quienes están en la sima  provienen los lamentos y mugidos que escuchan los que se atreven a sumergir en las profundidades  y que tanto miedo producían en quienes osaban acercarse a las inmediaciones de la Peña Hueca.

Mi bisabuela Isabel me contó esta historia, yo no hago más que transcribirla.