jueves, 7 de diciembre de 2017

San Juan del Rebollar

San Juan es una localidad alistana a la que tengo un especial cariño. Mi bisabuela Isabel Poyo era de allí y de pequeño fui muchas veces con ella y mi abuelo a visitar a sus hermanos Pablo y Bartolo. Tenía otro hermano, Francisco, que vivía en San Vitero donde era el cartero. Los cuatro fueron muy longevos, todos pasaron de 95 años, por lo que me dieron ocasión de conocerlos. Me acuerdo de haber ido algunos 24 de junio a celebrar la fiesta; de haber jugado con los niños del pueblo; de tomar refrescos en un bar que estaba en una casa a la  que se accedía por unos escalones encima de unas peñas  y de  chapotear por el rio Mena,  saltando por unas piedras cercanas a la fuente. Recuerdo sobre todo las celebraciones del patrón con comidas pantagruélicas, que duraban horas, en casa del tío Bartolo, que se hacían en un portal grande con el piso de  pizarra y siempre con muchos asistentes. Familiares  y amigos eran invitados  a comer siempre en las fiestas.  

 San Juan ha sido y es un pueblo  pujante  conocido por los jamones, los talleres de carpintería, cristalería, herreros, caldereros, etc., pero sobre todo por tener muy buena gente. Hoy hay  personajes que destacan: el gran atleta Santiago Mezquita, José María Mezquita, artista cotizadísimo, el párroco Teo Nieto, recientemente galardonado con el premio Pablo Iglesias,  que concede la UGT a personas que se distinguen por la labor social que realizan, y algunos más que merecían también ser mencionados pero no va de eso esta historia. De la gente de San Juan se  puede decir que, aunque casi todos son Mezquitas, no son seguidores de Mahoma y que de allí han salido muchos frailes y monjas.
En mi niñez el párroco era don Víctor quien, como muchos de los curas  de aquel tiempo, tenía caballo, escopeta y ama. Una coplilla popular rezaba:

 En casa del señor cura
 hay solamente una cama
 si en la cama duerme el cura
 donde coños duerme el ama.

y decían que los mozos de San Juan no la cantaban porque no tenían necesidad de respuesta. Era sabida por todos. Cuentan que cuando el ama ya no estaba tan lozana don Víctor quiso cambiarla por otra más joven, pero que aquella se plantó y le dijo: “Usted comió la carne, pues roya el hueso”
Don Víctor era querido y respetado en San Juan, en los pueblos que atendía por su ministerio y también en Alcañices. Era un buen sacerdote y mejor persona. Muchos  años fue el encargado de los sermones del ceremonial del descendimiento del Cristo articulado con que se conmemora el Viernes Santo en la Villa. Imaginaros la situación: un Cristo de tamaño un poco más que natural, muerto y clavado en la cruz enhiesta en el crucero de una iglesia  iluminada por la poca luz que entraba por las altas ventanas; don Víctor en el púlpito  tronando con su vozarrón; el ambiente saturado de congoja; y el contenido del sermón cargado de dramatismo, echando la culpa de los padecimientos de Cristo a todos. Aquello  hacía que los fieles se  aterraran y se sintieran culpables y angustiados. Hasta  ponía nerviosos a los que oficiaban de Nicodemo y José de Arimatea, que no acertaban a quitar al tiempo que él iba indicando: ni el INRI, ni la corona, ni los clavos. Lo que hacía que don Víctor se enfadara, ya que tenía que seguir hablando  e improvisar para describir los milagros de Cristo y no lo había preparado.

A pesar de todas esas filípicas con el correspondiente abroncamiento, era muy comprensivo con las debilidades de los feligreses. Es  de suponer que con las suyas también.
Entonces había un precepto  de la iglesia  obligatorio para todos: cumplir con Pascua. Era imprescindible para recibir “la cédula”. La cédula consistía en un papelico que daba el cura al acabar la confesión y  que  lo tenías que presentar a la Guardia Civil para demostrar que habías cumplido el precepto si querías tener el Salvoconducto para poder viajar.
En tiempo de confesiones se juntaban para hacerlas los sacerdotes cercanos al pueblo donde ese día se realizaban. Comían juntos, jugaban al tresillo y bebían alguna copita ya que estaban contentos por haber liberado a los feligreses de la carga de los pecados. Como es de suponer, la concurrencia de esos días a la iglesia era multitudinaria y se hacían colas en los confesionarios. Siempre una de las más largas era la que había en el que oficiaba don Víctor. No hacía demasiadas preguntas, solucionaba rápido el sacramento y ponía poca penitencia. Circunstancia por la que todos y todas (aunque se escriba con faltas de ortografía, hay que ser gramaticalmente correctos) querían confesarse con él.

Conocía muy bien a  sus feligreses, también estos a él, y los tenía controlados a todos. No obstante había uno, Eusebio “el Fino”, que era algo rebelde, no asistía a las misas de los domingos y andaba un poco a su aire. Zapatero de profesión, los domingos llevaba las cholas y demás calzado que le habían encargado a los pueblos de los alrededores, pues era cuando encontraba en casa a la clientela y resultaba más fácil cobrar. En muchas de estas salidas se cruzaba con don Víctor que también iba o venía de decir misa en los pueblos anejos a su parroquia. En uno de estos cruces el cura le dijo: “Eusebio, no te veo por la iglesia y eso está mal, vas a ir de cabeza al infierno”.
Eusebio, que conocía también bien las debilidades de su párroco, le contestó: “Uy, don Víctor, como usted se salve, bien salvado estoy yo”.

Buenos días; Buenos días. Cada uno espoleó su caballo… y tan amigos.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Licantropía




Es evidente que Aliste es tierra de lobos. Siempre  han estado aquí esos cánidos, aunque es posible que nunca haya habido tantos como ahora. Con  ellos  los alistanos hemos convivido y compartido, para nuestra  desgracia, el producto de los ganados y son  enemigos difíciles de combatir. Hasta no hace mucho tiempo  cuando alguien veía un lobo  daba la voz de alarma y rápidamente se preparaba una batida, ojeo, con el propósito de cazarlo. Como quienes la realizaban eran expertos, casi siempre solía tener éxito. Algunas  veces, cuando los lobos causaban estragos en los conocedores, tanto ganados de varias localidades, las gentes de los pueblos afectados se coordinaban dirigidos por los más del terreno como de los sitios que solían frecuentar aquellos, y se hacía una macro ojeo peinando los lugares   de los pueblos por don de solían transitar . Habitualmente estas operaciones, como  interesaban a todos, se  hacían bien  y casi siempre lograban  su propósito, que no era otro que cazar a los depredadores. Cuando finalizaba el ojeo se juntaban los participantes, comentaban las incidencias de la jornada y se celebraba el buen fin comiendo escabeche y bacalao acompañando todo con alguna que otra pinta de vino. El ágape se pagaba  con el dinero de  quienes adquirían en subasta, hecha allí mismo,  los lobos cazados, para posteriormente ir de  pueblo en pueblo exhibiéndolos y pediendo recompensa por la cacería.

 Historias  de lobos se contaban en las noches de invierno al amor de la lumbre. (Famosa es la del Gaiterin de Sejas, de la que hemos escrito Miguel Rostán, en Aliste al trasluz y yo,  en Di tú que he sido) El sitio del relato: la cocina. El  tiempo: las frías noches invernales. Sitio y tiempo inmejorables para que la puesta en escena no tuviera nada que envidiar a las más truculentas películas   de Bela Lugosi.  La cocina iluminada solamente por  la lumbre de la chimenea y la mortecina luz de un candil. El sonido lo ponía el aire silbando al  penetrar por las separadas tablas de la desvencijada puerta y  ululando al salir por la negra chimenea; en los silencios, el crepitar de las llamas. Y si el relator sabía manejar estos recursos, que era lo más habitual, a los niños se le entraba tal miedo en el cuerpo que no había manera de que quisieran in a la cama.

 Esta es la historia de una de aquellas noches:

Una mujer rica, algo mayor y no muy agraciada, se casó con un mozo guapo, dicharachero y juerguista,  poco amante del trabajo. Como la boyante situación económica de su mujer le permitía ciertos lujos, llevaba una vida regalada, acorde al estatus de ella. Se llevaba  muy bien con conmilitones, a los que adulaba con convidadas y deferencias para así tenerlos siempre disponibles y de su parte. Pasado algún tiempo la convivencia del matrimonio se fue deteriorando, y ella, sospechosa de las relaciones que su marido tenía, dejó de ser tan generosa en dar dinero como al principio. No cayó muy bien esto último en el ánimo del galán, así que empezó a rumiar un plan para, sin renunciar a sus bienes, deshacerse de la dama. Cambió su trato con ella; se hizo zalamero, mejor amante y fue ganando su voluntad hasta conseguir que ambos hicieran testamento, dejando, en caso de fallecimiento, todo lo de uno para el otro.

Una de sus mayores aficiones del mozo era la caza y la practicaba con  frecuencia.  Un día en compañía de algunos de sus más fieles amigos salió al monte. Durante la batida  cazó una loba y para poder presumir de la hazaña en la localidad sin tener que cargar con el bicho, le cortó al cánido la pata delantera derecha y  la echó al zurrón. Terminada la batida volvieron a la localidad y al sacar del zurrón el trofeo vieron con tremendo susto y sorpresa que la pata se había convertido en un brazo de mujer y que los dedos tenían anillos. Todos, siguiéndole, entraron rápidamente a la vivienda y encontraron en la cama a la esposa del compañero de caza   y, ¡OH sorpresa!, vieron atónitos    que a ella le faltaba el brazo derecho y que los anillos que llevaba la mano cortada eran precisamente los que habitualmente ella se ponía. Enseguida dieron cuenta de lo sucedido a las autoridades que examinaron a conciencia el caso y rápidamente llegaron a la conclusión de que brazo y anillos pertenecían a la señora.  Pusieron   lo sucedido en conocimiento de la Inquisición que no tardó en  acusarla de licantropía. Condenada   a la hoguera,   la sentencia se ejecutó sin dilación. 

El primer licántropo fue Lycaón, rey de Arcadia, a quien Júpiter convirtió en lobo como castigo por darle en una comida carne humana. Nos  lo cuenta Ovidio en el libro primero de Las Metamorfosis, a partir del verso 236:

 

“En vellos se vuelven sus ropas, en patas sus brazos:

Se hace lobo y conserva las huellas de su vieja forma.

La canicie la misma es, la misma la violencia de su rostro,

Los mismos ojos lucen, la misma de la fiereza la imagen es”.

 

En el siglo XIX hubo un hombre lobo español, gallego por mas señas: Manuel Blanco Romasanta. Fue muy famoso; de su vida  hicieron cantares de ciego, escribieron novelas e incluso se hicieron películas. Se puede leer su historia en Internet.

sábado, 30 de enero de 2016

Tal cual




Tamatit, que así parecía que se llamaba, llegó a la villa  en los amenes del invierno, ya cuando la gente prepara los aperos de trabajo y espera con ilusión la feria del Cristo como disculpa para airear las ropas, comer una cazuela de pulpo y  adquirir los árboles que, como renovación de la vida, van a plantar con  esperanza de fruta nueva y fresca. Es en ese periodo del año  cuando la esperanza, la  ilusión y el anhelo son más fuerte en las gentes, y en la villa levítica eso son cosas que forman parte intrínseca de sus soñadores habitantes.

 Pues de ese tiempo es esta historia:

Como el Crispín de los Intereses creados Tamatit llegó sin Leandro, se hospedó en la mejor posada  y con el anuncio de que posteriormente llegarían las piezas del mecano, empezó a crear la trama de su comedia. En los bares de la villa levítica extendió las redes. Siempre esplendido, tanto en hacer invitaciones como en la promesa de pagar salarios inimaginables en la comarca. Lo  primero que hizo, después del anuncio de unas faraónicas obras que tenía como misión  realizar en la zona, fue contratar a Modesto como secretario personal, con la misión de  introductor, informador y relaciones  con el entorno. Este trabajador, que estaba empleado en una empresa constructora de  la comarca, como buen conocedor de las normas del estatuto de los trabajadores,   anunció en tiempo y forma la rescisión de su  contrato laboral,  se convirtió en el portavoz y ojeador de la   empresa. A Ignacio, que el primer sábado de la estancia del empresario compartió con Modesto y Tamatit unas copas por los bares, gran conocedor del terreno, lo contrató como  encargado general de obras.

Como para los vehículos, mulas y demás acémilas que la innominada empresa iba a utilizar, necesitaba garajes  y cuadras, los dirigentes se pusieron en contacto   con Paco, quien puso a  disposición los locales que poseía y se comprometió a realizar las gestiones para procurar todos los que fueran precisos, incorporándose de inmediato al staff empresarial. Ignacio, que entendía de albañilería, se encargo de contratar a los obreros y dirigir las obras precisas para el acondicionamiento de los locales a las necesidades de la empresa. Otro Paco, que como tenía carencias de visión y no podía realizar ni trabajos de campo ni de oficina, se incorporó como encargado de la recluta de todos los recursos humanos necesarios para los futuros trabajos, ya que frecuentaba los establecimientos hosteleros, que eran los sitios donde  más fácilmente se podía encontrar a los trabajadores.

Tamatit  no poseía vehiculo propio, así que, aconsejado por el staff de la empresa, se puso en contacto con Agustín, taxista de la villa levítica, con quien contrató los servicios de su taxi a tiempo completo, con disposición total, en exclusiva.  O sea, con  sueldo fijo  y kilometraje aparte. Agustín, por mandato del empresario, para tener un sitio de contacto cercano, céntrico y fijo, se estableció  en el café de la plaza con plena disponibilidad. Los viajes más frecuentes  eran a los pueblos de la comarca en los que había buenos restaurantes, como quedó constancia en los anales de Raba o en  San Víctor, ya que, según Tamatit, eran  sitios estratégicos desde los que sería factible comprobar la marcha de los trabajos. También, aunque en este caso solo Tamatit, el segundo Paco e Ignacio, realizaban viajes a la capital para comprobar si las grúas, orugas, camiones y el material necesario eran las adecuadas y estaban disponibles. Pero  estas inspecciones   las hacía  Tamatit solo, ya que era quien  podía acceder a las naves que la empresa tenía en la capital. Los  acompañantes, para matar el tiempo de manera amena, lo esperaban en el Coto, el Florida el Dorado o en algún otro lugar del   barrio mas famoso de la capital.

Las noticias de la necesidad de contratar personal, los buenos salarios que se auguraban y las bonanzas de la empresa, se extendieron como reguero de pólvora. No se sabía con exactitud cuales eran los trabajos que se iban a realizar. Se decía que si  el soterramiento de todo el tendido eléctrico de la comarca; que si  la dotación de servicios de agua, desagüe y purificación de los ríos; que si la explotación de minas. En fin que no se sabía, y casi ni interesaba, cual era la labor a desarrollar por la nueva empresa, aunque se pensaba que  lo concerniente al tendido eléctrico era  lo que seguramente vendrían a ejecutar. Lo importante era que habría trabajo y, según decían, bien pagado.

Como la empresa no había abierto todavía una oficina, los aspirantes a formar parte de ella no sabían donde dirigirse para entregar el curriculum. El  staff  empresarial tenía el centro de reunión en los bares, por tanto esos eran los sitios a los que acudían quienes tenían intención de solicitar trabajo. En la villa levítica los bares, tradicionalmente el lugar preferido de reunión, durante aquellos días  estaban especialmente concurridos. Todos acudían con la intención de ver algún miembro de la directiva para ser los primeros en ocupar los puestos de trabajo mejor remunerados, pensando en que precisamente  esos serían los que menos trabajo  requerirían. Los directivos pasaban largas horas reunidos tratando de la logística y de la estrategia, pensando siempre en las necesidades de la empresa, desplazándose por los distintos establecimientos hosteleros  para que ningún empresario del sector se sintiera discriminado y, además, para dar las mismas oportunidades a los parroquianos de todos ellos.

Los que intentaban  colocación en la empresa, para acercarse a quienes eran, según su parecer, responsables de la contratación, lo primero que hacían era invitar a una ronda para comprar su voluntad. Luego les pedían que apuntaran su nombre como posible empleado, pero no se sabe si por lo importante de las deliberaciones, como consecuencia de las invitaciones de los solicitantes o por que tenían entre manos demasiadas cosas, el caso es que  los peticionarios no las tenían todas consigo y hacían varias veces intentos de aproximación para tener la seguridad de que serian los elegidos. Esto mismo se repetía cada día.

Entre viajes, conferencias y reuniones se fue configurando la empresa. Ojearon y apalabraron los locales necesarios y a los solicitantes de empleo  le dieron  seguridad en el mismo. Toda  la localidad estaba ilusionada con el brillante futuro que le esperaba.  Un  día, de buena mañana, Tamatit le dijo a Agustín: prepara el coche que esta tarde vamos a la capital para concretar la venida de todo el material que la empresa necesita. A eso de las tres de la tarde, después de tomar café,  los dos se pusieron el camino. Esta vez los directivos locales no fueron requeridos para el viaje.

Llegados a la capital, Tamatit encargó a Agustín que fuera a la estación del ferrocarril a buscar una caja  que para la empresa había en la consigna. Puso mucho énfasis en que la cuidara con mimo pues en ella iba la planificación de  todos los trabajos que tendrían que realizar.  Y que  lo esperara en el  Turis,  que allí llegaría él a última hora de la tarde, una vez que hubiera hecho las gestiones burocráticas y de inspección  que tenía que realizar. En la estación Agustín solicitó del empleado de RENFE la entrega del paquete. Este, después de buscar, dijo que allí lo único que había era una  caja pero que venia consignada a Iberduero, que si era eso lo que buscaba. Agustín, como había oído que la empresa iba a realizar el soterramiento de las líneas de alta tensión, no lo dudo un momento y dijo que si. Después de firmar el recibí, cogió el voluminoso paquete,  lo cargó en el maletero del coche y se dirigió al susodicho bar, sitio donde la espera no se la haría larga ya que era  frecuentado por gentes ligadas al transporte y al mundo del taxi, profesiones entre las que  tenía muchos amigos.

Pasaron las horas y Tamatit ni aparecía ni daba razón. Llegó la  del cierre del bar   y  Agustín, en un mar de dudas, después de dar  muchos paseos calle Feria arriba y calle Feria abajo,  se fue quedando solo y, pensando que la espera sería inútil, decidió retornar a la villa levítica. Una vez allí, encerró el automóvil en el garaje y, como  los bares de la localidad, extrañamente, ya estaban cerrados, se fue para casa.

Al día siguiente lo primero que hizo fue procurar por Tamatit. Preguntó en la posada donde se albergaba y le dijeron que allí no había ido a dormir. Buscó a Modesto, a Ignacio y a los Pacos  y estos no sabían nada del personaje. Llamó por teléfono al Turis por si había aparecido por el bar y no le dieron razón. Agustín pasó el día preocupado por la desaparición del empresario y más por si el causante de la ausencia fuera era él. Por la noche, a la hora de tomar unos vinos con los de siempre, comentó lo ocurrido, interesándose en si había ido alguno a la capital y oído algún comentario. Nadie sabía nada. Pasaron dos días y Tamatit como si  se hubiera muerto.    

La desaparición fue el acontecimiento más comentado. Todos,  unos interesadamente y otros a manera de tema para  pasar el rato  tenían como  referente de las conversaciones a Tamatit. Como la ausencia se prolongaba,  muchos eran los motivos que se barajaban como causa de la evaporación. Entre los amigos de Agustín surgió  la idea de que el tal podía ser un etarra que habría venido a estas tierras para preparar un  atentado y que el paquete que estaba en el maletero del coche era una bomba. La idea fue tomando fuerza, se consolidó. En  todas las tertulias no se hablaba de otra cosa y, ante la insistencia de los más cercanos, Agustín y los del staff tomaron la decisión de dar cuenta de ello a la  policía. El jefe de la policía había cogido vacaciones ese día y, aunque estaba en la localidad, dijo: “que buenos trigos hay en campos.”  Quien  le sustituía, para no complicarse la vida, dio cuenta al jefe provincial. Este  trasladó la sospecha al jefe regional y al poco tiempo se presentaron en la villa  los TEDAX para, dado el caso, rápidamente desactivar la bomba, ya todo el pueblo creía a pies juntillas que era una bomba lo que había en el coche. Desalojaron las casas cercanas al garaje, señalaron un amplio perímetro de vigilancia, guardia civil y policías cercaron la manzana y los expertos en explosivos, bien protegidos como es normal, pusieron en marcha la operación de desactivación. Un  robot fue el encargado de  sacar el paquete del maletero. Todo funcionó a la perfección, la caja fue  colocada en la calle, sitio en el que, aunque explosionara, no causaría ningún daño, y el robot, manejado por manos expertas, la abrió.

Toda la villa levítica en la calle pendiente del asunto. Como   el lugar donde estaba el garaje era estrecho y no facilitaba  la visión directa de la operación, el relato de las maniobras era transmitido, por los privilegiados que ocupaban las primeras filas a quienes estaban más lejos, en voz baja intentando dar emoción  a la narración. El momento mas esperado era el de descubrir lo que había en el convoluto. Cuando este fue abierto y el contenido volcado en el suelo,  la decepción fue enorme, ¡todo eran papeles¡  Los  agentes  de la autoridad se acercaron al mismo y comprobaron que  eran las facturas de la energía eléctrica que  Iberdrola prestaba  a   los usuarios de sus servicios en la provincia.

 Al menos se podía haber aprovechado la circunstancia para  destruir los recibos y así liberar del pago a la comunidad. Que pena.

¡Ah!, de Tamatit, que a diferencia del Crispín, no supo crear intereses, nunca más se supo.  

viernes, 18 de diciembre de 2015

Cuento de Navidad




Tenía seis años, bueno casi siete, que los cumpliría en los primeros meses del año. Este, sobre todo desde principios de octubre, había sido  diferente a todos los anteriores y muy importante en su vida. Hasta entonces había sido un  pequeñajo pero desde ese mes habían cambiado mucho las cosas, pasó de correr por la calle a todas horas a tener ocupaciones importantes. ¡Llevaba tres meses asistiendo diariamente a la escuela! Y eso, jo, que cambio.

El día que empezó el curso escolar su padre  le compró una pizarra con su pizarrín y una cartilla con las primeras letras; lo cogió de la mano y, sin previo aviso, lo llevó a la escuela, saludó al maestro y le dijo: aquí le dejo a este, a ver si le enseña a leer y escribir y hace de él un hombre. Y  lo dejó allí.

 Aunque  se sentía un poco asustado no lloró.  Los  niños no lloraban el primer día de escuela. Todo le resultaba raro y le parecía  muy importante. Al principio se asustó un poco. El maestro le pareció muy serio, hablaba de forma diferente a todas las personas que había conocido anteriormente y el sitio era también distinto a los vistos hasta entonces. En las paredes laterales había colgados dos grandes hules desenrollados (luego se enteró que eran mapas de la península ibérica y las islas españolas, uno físico y otro político) y en la pared que estaba detrás del maestro retratos de dos hombres, uno a cada lado de un crucifijo, y un gran encerado. El maestro se sentaba  en sitio preferente sobre una tarima y los niños tenían una mesa para cada dos, con un tablero que si se levantaba tenía debajo un cajón almacén,  con asientos incorporados.  Pronto llegó la hora del recreo y todos los  niños salieron a la calle. Como algunos eran los mismos con los que jugaba habitualmente, le pareció que estaba en terreno conocido y  pronto se sintió  casi como en casa. 

Los días pasaron rápidamente y llegó el frío. La ropa que se usaba en invierno era casi la misma del verano. La  única diferencia: el jersey, unos calcetines de lana hechos en casa y unas cholas. La  camisa y  los pantalones   cortos, no cambiaban. Aunque tampoco era raro que no hubiera calcetines y el calzado fueran las alpargatas o las sandalias de siempre.  Como en la escuela no había sitio para hacer lumbre, cada uno de los niños llevaba una especie de estufa a modo de  brasero, echa con una lata de sardinas de las llamadas de kilo y medio, a la que se le había puesto un alambre largo que servía de  asidero. El artilugio era muy bueno pues  además de calentar se utilizaba como juguete. Todo el trayecto que había hasta  la escuela  se llevaba volteando, así las brasas que la madre les ponía de la lumbre de casa  llegaban bien quemadas para que no hicieran humo ni dieran tufo. Darle vueltas  era muy divertido.

Llegaron las vacaciones de  Navidad y otra vez todo el día a correr  por  las calles. ¡Ah! También habían llegado los Reyes y este año si que tenía  cosas que contar. Desde que se acordaba, siempre había puesto las cholillas bien colocadas y limpias al lado de la ventana que daba a la calle, para que los Reyes las vieran fácilmente, pero, o siempre llegaban con prisa o ya llegaban sin existencias. Lo único que le dejaban eran unas perras gordas, pocas,  que solo daban para comprar unos pocos caramelos. Este  año fue distinto, en las cholas había las perras de siempre pero a  su lado  estaba un precioso caballo de cartón. ¡Menuda diferencia¡ bajo corriendo a la cocina a enseñarlo a la familia con una emoción enorme. Tomó  rápidamente el tazón de leche migada  sin soltar el regalo y no veía llegar la hora de salir a la calle para enseñárselo a todo el mundo. Otros años casi no se había atrevido a ir a la plaza a ver como presumían los demás niños  con los juguetes que les habían traído los Reyes, pero ahora ya verían, el también  tenia  juguete. Qué se creían.

Con una caja de cartón y dos carretes de hilo, su padre le hizo un carricoche  para poner sobre el al caballo y así llevarlo arrastrando tirando de una cuerda  y se plantó todo chulo en mitad del cemento de la plaza. Se sentía como un príncipe. Nunca otro niño disfrutó como lo estaba haciendo él. O, al menos, así lo pensaba. Tan rápidamente pasó el tiempo que no se dio cuenta de que hora era, hasta que su madre  apareció para que fuera a comer. En  casa  pensó que el caballo también tenía que reponer fuerzas después de las carreras que había echado, así que le puso una embueza de grano y una lata con agua. Cuando acabó de comer vio que el caballo no había probado nada. Creyó que  quizás tendría sed y por eso no comía. Le metió la cabeza en el agua y lo dejó así. Al poco rato volvió a ver como estaba y se encontró con que el caballo tenía  blandos, torcidos y deformados la cabeza y el pescuezo. No importaba, era el mejor caballo del mundo.

 

miércoles, 28 de octubre de 2015

1º de Noviembre


 


 En  el siglo XVI y posteriores había cuatro cementerios funcionando simultáneamente en Alcañices, en los que  se podían sepultar los fallecidos de entonces. Por orden cronológico de antigüedad estos eran: Uno dentro de la iglesia de la Asunción; Otro en el exterior de la misma iglesia, a su alrededor; Un tercero en el hospital de san Nicolás y un cuarto, del que aún quedan vestigios,   en el barrio de Dentro la Villa, al final en lo que se conoce como el rincón, en la parte izquierda, un poco antes de empezar  la salida hacia el cañíco de abajo. Actualmente, desde finales del siglo XIX solo existe uno, en el pago del Torronal, al que hasta hace muy poco  estaba adosado un  espacio  para cementerio civil. Se puede decir que, sobre el papel, había dos, uno para católicos y otro para los fallecidos de otras religiones y ateos.  

En lo que utilizaban dentro de la iglesia se inhumaban los cadáveres de los  económicamente más pudientes. Todavía en el suelo se pueden ver las losas numeradas, las  que cubrían las fosas. Cuanto más cerca del altar querían ser enterrados, más alta debía ser la aportación que tenían que hacer a la iglesia. En los alrededores de ella  eran sepultados los fallecidos de una clase social económicamente  un poco inferior  a la de quienes  se podía permitir que sus restos descansaran en el  interior de la parroquia. Dentro  del hospital de san Nicolás, que estaba en la esquina de la calle de su mismo nombre con la de Labradores, ocupando una gran extensión, existía un espacio para el enterramiento de los forasteros   fallecidos en el establecimiento. Entre los forasteros hay que incluir los soldados de  un regimiento  que había para tratar de  impedir las incursiones e invasiones de tropas portuguesas. Alrededor de 1665 una epidemia hizo que la mortandad fuera muy alta. En  los libros de registro de  defunciones de esos años,  raro es el día en que no aparecen anotaciones  de soldados que morían en el hospital y eran enterrados en el  sitio que, en sus dependencias, habían destinado para esos menesteres. También en ese tiempo estaba habilitado como cementerio el mencionado  de Dentro la Villa, que se utilizó como tal hasta que se inauguró el que funciona actualmente. Precisamente la noche de difuntos, hasta los años cincuenta del pasado siglo, iba la gente en procesión, el cura  con hisopo e incensario cantando el Requien, hasta la puerta, para rezar allí unas oraciones en latín.

El cementerio que se utiliza actualmente vivió (coño, perdón, pero no me sale otra palabra) una circunstancia un tanto especial. Estuvo  en entredicho (ª) desde el 26 de julio de 1904 hasta el 18 de noviembre de 1956.

Y  estas son las razones, actuaciones y resoluciones:

 

Acta de defunción

En  la villa de Alcañices  a las siete de la tarde del  día  veintiuno de julio de mil novecientos cuatro ante D. Manuel Benjamín Sánchez, Juez municipal y D. Indalecio del Espíritu  Santo, Secretario, compareció  D. Manuel Blanco  con su cedula personal. Natural de esta villa, mayor de edad; estado civil casado de profesión jornalero; domiciliado en la calle  Labradores; manifestando en calidad de vecino que D. Francisco Oterino Rodríguez, natural de Zamora, edad de 36 años, Albañil y domiciliado en esta villa, falleció a  las dos de la tarde del día de hoy en su domicilio a consecuencia de una hemorragia pulmonar según certificación facultativa que presenta  para obtener la correspondiente  licencia de enterramiento.

En vista de  esta manifestación y de  dicha certificación facultativa, que queda archivada, el Sr. Juez  municipal  dispuso que se extendiese  la presente acta ,  consignándose en ella , además de lo  expuesto por el declarante  y en virtud de las noticias que se han podido adquirir, las circunstancias siguientes:

Que el referido finado  estaba casado en el acto del fallecimiento  con Bárbara, ignorándose el apellido, natural y residente en Zamora no habiendo obtenido de este matrimonio hijo alguno.

Que era hijo de D. Antonio Oterino, natural de Zamora y de D.ª. Ángela Rodríguez  de dicha Zamora, ambos difuntos.

Que según noticias no hizo testamento y que a su cadáver  se habrá de dar sepultura  en el cementerio.

Fueron testigos  presenciales D. Manuel Losada  y D. José Barros, naturales  y vecinos  de esta villa, mayores de edad y casados.

Leída íntegramente esta acta  e invitadas las personas que  deben suscribirla  a que la leyeran por si mismas, si así lo creen conveniente, se estampó en ella el sello del Juzgado municipal  y lo firmaron el Sr. Juez  y testigos y todo ello como secretario certifico.

 

Como consecuencia de este enterramiento, debió de armarse tal marimorena que durante cincuenta y cuatro años los enterramientos se hicieron de forma poco corriente. Como creo que queda bien aclarado en lo que transcribo a continuación, no necesita explicaciones.

 

                                   “Decreto”

En Zamora a diez de noviembre de noviembre de mil novecientos cincuenta y seis. Visto el escrito conjunto que nos ha  dirigido el reverendo cura párroco de Alcañices  y el Sr. Alcalde de la misma Villa  en el cual Nos manifiestan:1º) Que con fecha 26 de julio de 1904 se dictó por Nuestro predecesor Don Luis Felipe Ortiz  un decreto en el cual se declaraba en entredicho el cementerio de Alcañices, como sentencia por haberse inhumado  indebidamente el cadáver de  Francisco Oterino, pecador público, cuyo enterramiento se impuso con violencia por la autoridad civil de dicha Villa; visto asimismo  que se han cumplido los mandatos del Prelado Nuestro predecesor; a saber: que se han enterrado los fieles sin canto , sin toque de campanas  y bendiciendo cada sepultura en particular---------------------------------------------------------

Resultando que hechas averiguaciones oportunas no se puede averiguar con certeza, ni que hayan sido exhumados dichos restos de Francisco Oterino, pero que por otra parte no se halla el lugar fijo de su enterramiento, ni hallar dichos restos fácilmente-------------------------------------------------------------Considerando que el Sr. Alcalde de dicha villa como representante de municipio al par que como protesta del atropello llevado entonces  a cabo  por la autoridad civil, solicita también que se normalice la situación del cementerio católico de Alcañices------------------------------------------------Por tanto, usando de nuestras facultades levantamos el entredicho  dictado por Nuestro predecesor y mandamos que se haga bendición solemne de todo el cementerio, y puedan seguidamente hacerse  las  inhumaciones con los ritos y solemnidades  de la Santa Iglesia. Así lo decretó, proveyó y firma S.E. Reverendísima de que como Secretario certifico.- Firmado,  Obispo de Zamora .Rubricado. Por mandato de S.E. Rvisma  el Obispo  mi señor-------Dr. David de las Heras.- Canciller Srio.  Rubricado.

 

 

Como consecuencia:

 

Acta de reconciliación del cementerio de esta Villa.

En Alcañices a dieciocho de noviembre de mil novecientos cincuenta y seis, yo D. Félix  Manteca Manteca, Cura  Párroco y Arcipreste de Alcañices , delegado del Sr. Obispo, procedí ante las autoridades de esta Villa y una numerosa concurrencia de fieles, asistido del Sr. Coadjutor a la reconciliación litúrgica  de este Cementerio Municipal observando lo prescrito en el Ritual Romano, según se me ordena en el Decreto que a continuación se transcribe (b)y cuyo original se custodia en este archivo parroquial. Y para que conste extiendo la presente que firman conmigo en calidad de testigos  el Sr. Coadjutor y el Sr. Alcalde, fecha ut supra

Félix Manteca  ----   Amador Martín  ----Darío Calvo

 

(ª) Entredicho: acepción 3ª del diccionario de la RAE “Censura eclesiástica por la que se prohíbe a ciertas personas o en determinados lugares el uso de los divinos oficios, la administración y recepción de algunos sacramentos y la sepultura eclesiástica”.   

(b) Aunque dice que “a continuación se transcribe” en este caso lo he hecho antes.

P.D. Albañil en francés es maçon. Sería esa la razón de todo el lío.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Paseos



Están realizando en el cementerio de Alcañices la búsqueda de los restos mortales de Aquilino Rodríguez, nacido en Matellanes, que fue asesinado a los pocos días del levantamiento por parte del ejército, golpe de estado, contra el gobierno de la republica el 18 de julio de 1936. Por aquellas mismas fechas y, según cuentan, en el mismo lugar, también fueron ejecutados: Rafael Sassot, Laurentino Mata, Félix Prieto y Antonio Fagundez, enterrados todos en ese cementerio.

Aquilino Rodríguez era agricultor y padre de Anastasio y de Gil, muy populares en la villa, sobre todo el primero, para la gente de mi generación y anteriores, por las casi diarias visitas que hacía y por ser una persona abierta, siempre dispuesta a la conversación. La vida de Anastasio merece  una novela por la gran cantidad de episodios que le tocó vivir. Sería  un  éxito seguro como novela de aventuras y todos creeríamos que era de ficción. Unos chavales del colegio Virgen de la Salud (no recuerdo sus nombres, cosa que me gustaría para nombrarlos aquí), coordinados  por el director, escribieron  un relato sobre él que merece ser leído, no solo por lo que cuentan, sino también por lo bien escrito que está. Seria  muy bueno que ampliaran la investigación y nos  dieran a conocer todas las facetas del personaje.  Desde aquí los animo.

Laurentino Mata era conductor del coche de línea a Zamora. De   Félix y de Antonio desconozco su actividad. Ninguno de los tres era originario de Alcañices. Tampoco lo era Rafael Sassot, del que me voy a ocupar a continuación.

Rafael Sassot Vives era a la sazón administrador de la aduana de Alcañices. Catalán, padre de dos hijos, divorciado y, según me lo ha descrito mi informante: “muy querido por quienes le trataban, simpático, elegante, de trato afable, conocedor del mundo, gran viajero, culto, gran lector y  gran bebedor de cerveza. Daba dinero para los pobres a través Agustín Bernardino Amor, cura párroco y ropa y calzado por mano de la esposa del portero de la aduana. Vivía en la fonda de Manuel Gallego (en la casa donde ahora está el bar de Germán). Poseía una buena colección de libros entre los que se encontraban autores como: Kant, Unamuno, Hegel, Descartes, Voltaire, Santo Tomás, San Agustín y Santa Teresa y otros según comprobaron cuando recogieron su habitación. Buen  conversador, exteriorizaba sus conocimientos  en las tertulias del casino y casa Barros, de la que era asiduo, siempre remojando el gaznate con cerveza”. Contaba mi abuelo que en el pozo que hay en la casa, de las neveras ni se había oído hablar, siempre había una caja de cerveza a refrescar exclusivamente para él.

Era afín al partido socialista y escribía a veces en el periódico de Zamora de tendencia izquierdista “La Tarde” donde exponía sus ideales y opinaba sobre la actualidad del país.

El 16 de julio de 1936, cuando los rumores sobre un alzamiento militar eran muy fuertes, se encontraba junto a algunos amigos, en la antesala del despacho del gobernador civil de Zamora a donde llegaron, entre otros,  el presidente de la diputación el alcalde y Ángel Galarza, para avisar de la inminencia del golpe y tomar decisiones al respecto. Se cuenta que Galarza, diputado en cortes, que había sido director general de seguridad estaba al corriente de la situación y pasó por Alcañices el 18 para huir a Portugal. Poco después regresó por Badajoz y fue nombrado ministro de gobernación por Azaña.

En la aduana trabajaba de administrativo y era jefe local de falange, Salvador Montejo Moreno, quien, según contaron fue el instigador del asesinato del Sr. Sassot aunque no fue quien apretó el gatillo. Para hacerlo llego desde Zamora el funcionario de Correos Martín Mariscal (quien también asesino, entre otros muchos, a Amparo Barragán, esposa del escritor Ramón J. Sender). Llegado el tal Mariscal a Alcañices, se alojó en la fonda del Sr. Gallego quien, enterado de la misión que el tal traía, le informó de la personalidad de Sassot y  de su relación con la gente del pueblo y el tal no se atrevió a llevar a cabo el encargo. Volvió para Zamora y comisionó a un tal Amaro, del pueblo de Riofrío, dicen, y a otro, de quien desconozco el nombre, para realizar la hazaña.

Así relata mi informante los hechos:

“A don Rafael le sacaron de la cama, pues trasnochaba mucho leyendo hasta altas horas, y entre  los dos falangistas citados le llevaron al cementerio pasando por la plaza  hacia las 11 de la mañana. Se rumoreo que le llevaban para tener un careo con no sé  quién. Fue el 13 de septiembre de 1936. Por cierto que Manolita Calvo debió de ser la última persona  que habló con él al encontrarla frente al comercio de la Doloricas. Se cuentan horrores de cómo lo mataron por un fallo en las pistolas o por nerviosismo. Los que le dieron tierra estaban impresionados por el destrozo que tenía en el rostro. Esto te lo facilito como rumor pues era tal la atmosfera que se respiraba en el pueblo que se desorbitaban los hechos con facilidad”.
No hubo ningún paseado  originario de Alcañices, gracias a la personalidad y buena gestión del alcalde Don Santiago Prieto, pero si hubo represaliados: casi todos los miembros de la gestora del ayuntamiento, el maestro D. Emeterio Cabrera, muy querido y recordado por sus alumnos y varios más. Famosos por asesinatos y atropellos cometidos si hubo nacidos aquí. Uno de ellos se atrevió a volver en unas fiestas, lo cogió una vaca, le dio una vuelta colgado de un cuerno por el cinturón y toda la gente gritaba: “mátalo, mátalo, mátalo” se le rompió el cinto, cayó al suelo, nadie le auxilió, arrastrándose salió por entre los carros entre voces de: asesino, asesino. Desapareció y de él jamás se supo. Se llamaba PITITIS

martes, 9 de junio de 2015

El santuario




Como estamos en vísperas……..

A la  Virgen de la Salud se la venera en Alcañices en la iglesia de San Francisco, hace un año  elevada a la categoría de santuario. Pero  no siempre fue ese el sitio; En un principio el lugar donde se la reverenciaba no estaba en la Villa, sino en un paraje en la ribera  del pueblo del Poyo.

La iglesia de San Francisco, mas conocida como el convento, la mando edificar Francisco Henríquez de Almansa, primer marqués de Alcañices, el año 1543. Al tiempo de su edificación fue uno de los mayores y más bellos templos de la provincia de Zamora, y, según opiniones de expertos, el proyecto lo dirigió Rodrigo Gil de Hontañón, arquitecto que realizó los monumentos más importantes de su tiempo. Con la desamortización, como el convento no tenía el número mínimo de religiosos que para su continuidad exigía la ley, pasó a propiedad del   ayuntamiento. La iglesia siguió destinada al culto pero ya regida por el clero secular, y el convento propiamente dicho fue destinado a cárcel del partido (del judicial, no de uno politico). Ambos, convento e iglesia, sufrieron las consecuencias de la francesada, permaneciendo esta durante algún tiempo cerrada al culto. Cuando  Alcañices perdió la condición de cabecera de partido judicial, consecuencia quizás de una mala gestión municipal, la desidia hizo que el estado del edificio  llegara a ser penoso. Hoy, felizmente acondicionado, alberga un centro cultural.

Los frailes de la Tercera orden de san Francisco, que desde el principio fueron los titulares,  administraban además el hospital de San Nicolás y la alhóndiga, instituciones fundadas también  por el primer marqués, a las que dotó, con juros en Toro y Valladolid, en torno a unos treinta mil maravedises. Estos patronatos  funcionaron hasta que los franceses, que las utilizaron como albergues de bestias y/o personas, en ocasiones vienen a ser lo mismo, destruyeron los edificios, no recuperándose ya nunca más para su primitiva función.

En cuanto a la imagen de la Virgen concierne:

Entre  los términos de San Blas, Rivas y el Poyo están las ruinas de un cenobio ya existente en el S. XII, (gracias Pedro) donde llaman los Conventos, que era el lugar en el que estaba la Virgen y allí iban a rezarle los alistanos. La imagen  apareció en un alto en el sitio  denominado la Peña del Santo, en el que existe, justo en el mismo lugar donde la encontraron, una escoba que está permanentemente florida. Y también, curiosamente, como a cien metros del santuario hay una fuente de agua finísima que llaman de la Sinoga. ¿Sinagoga?  

Francisco Henríquez, que había sido recientemente nombrado marqués de Alcañices por el emperador Carlos, para  no tener que desplazarse  unas tres leguas cada vez que quería postrarse a los pies de la Virgen, decidió trasladarla a la villa. Para darle solemnidad al traslado, ordenó una gran peregrinación a la que hubieron de asistir todos los habitantes de los pueblos del marquesado, acompañando en procesión a sus respectivos patronos y patronas, presididas por los párrocos y precedidas de los pendones de las parroquias. Aquello fue una gran manifestación de la religiosidad y un extraordinario acontecimiento para toda la comarca. Desde  entonces para conmemorarlo, cuando la festividad de la Salud, 2 julio, fecha del traslado,  cae en domingo, las imágenes de las vírgenes de los pueblos vienen a visitarla  acompañadas de sus devotos feligreses.

Pero hete aquí  que a la Salud no le gustó el sitio y, encuanto la gente retorno a sus localidades, ella decidió volver a su primitivo santuario. Al día siguiente, cuando el marqués se asomo a la ventana que desde su palacio daba vista a la iglesia, vio que la imagen no estaba en su hornacina. Bajó inmediatamente, buscó por todo el edificio y no la encontró. Se puso al habla con el sacerdote,  y ambos acordaron mandar a un propio  para que indagara lo sucedido. Después de mucho preguntar y no obtener resultado alguno, decidieron ir al sitio de donde la trajeron por si alguien la habían robado y llevado a su lugar de procedencia. Y, efectivamente, allí estaba en su altar ocupando el nicho de siempre.

Esta vez, sin  reclamar la presencia de la gente alistana, aunque con el respeto y la reverencia que a la imagen le tenían, la trasladaron por segunda vez  a  la Villa. Pero cuando a la mañana siguiente abrieron la iglesia,  tampoco la imagen estaba en el altar. Se había repetido la historia. No sin cierta turbación, el sacerdote comunico el hecho al marqués, y este decidido a averiguar los porqués, resolvió ir sólo al lugar en el que estaba la Virgen  y parlamentar con ella -los poderosos siempre han tenido acceso directo a vírgenes- si fuera preciso. En efecto, hablaron y  Ella para volver puso como condición que  edificaran un  templo en el que cupieran todos los alistanos cuando fueran a celebrar su festividad y un convento para los frailes. Que le hicieran un gran altar en el ábside donde quería estar permanentemente, excepto los días del novenario,  en los que bajaría al nivel de los fieles, para lo que tendría que disponer de una rampa por la que deslizarse hasta el carro desde el que presidiría las ceremonias, sin que hubiera necesidad de que interviniera mano humana alguna en la operación, en el que, además, quería que la sacaran de procesión.  

Don Francisco acepto todas las peticiones. Mandó erigir la iglesia que, como ya se indicó, era la mayor de toda la provincia. Hizo para la Virgen una hornacina en el retablo mayor,  encargó a orfebres, herreros y carpinteros que construyeran un carro triunfal para las procesiones y una rampa por la que    acceder a el para tener  mayor cercanía con los fieles quienes, gozosos, le cantan durante el novenario:

¡Oh virgen de la Salud/ sed nuestra madre amorosa!

Una vez realizado todo, fue a ofrecérselo a la Virgen. Le describió lo ejecutado y la invitó a trasladarse a la iglesia que para Ella había mandado edificar. La  Señora aceptó el ofrecimiento pero quiso que a su llegada estuvieran esperándola sus  hermanas. Don Francisco mando emisarios a Trabazos, a Quintanihla, a la Speciosa, a Constantím, a Carbajales y a Villalcampo y, el 2 de julio, fecha del traslado, en el pórtico de la  resplandeciente iglesia la recibieron: Nuestra Señora de la Soledad, Nossa Senhora da Ribeirinha, Nossa Senhora Do Nazo, Nossa Senhora da  Luz, la Virgen de Árboles y la Virgen de la Encarnación. Desde entonces Nuestra Señora de la Salud ha permanecido en su templo. Verdad es que ya ni el templo, que ha sufrido dos incendios,  se parece mucho al original, ni la imagen, como consecuencia de ellos, es la primitiva. Dos   la han precedido. Pero los alistanos le siguen profesando la misma devoción y siguen acudiendo a la Villa todos los 2 de julio. También las  hermanas, pero esa es otra historia, siguen visitándose  cuando la festividad de la Salud cae en domingo viniendo acompañadas de  los habitantes de sus respectivas localidades.

 Los vecinos del Poyo  reivindican, con toda razón, que la Virgen de la Salud es suya. No sería un despropósito que, en años señalados con ocasión de la celebración de  fiestas patronales, la Patrona alistana girara una visita a su primer santuario.

 

 P.d. después  de  escrita esta leyenda, en una de mis carpetas apareció el documento que sigue. Debe  de estar escrito a comienzos del S. XX (no comenta el incendio de 1916 ni la posterior reedificación). Está escrito a mano con una letra bonita y perfectamente legible, siento no poder decir por quién, no tiene firma. 

Transcribo literalmente:

“Datos históricos del Convento de P.P. Franciscanos de Alcañices.

El convento de P:P. Franciscanos de Alcañices fue fundado por D. Francisco Enríquez de Almansa. El Rey Felipe II quiso premiar las valerosas hazañas de este héroe concediéndole grandes y señalados privilegios.

Existía antes del siglo XVI un eremitorio en el Poyo, que fue trasladado a la villa de Alcañices, en el año 1542. Sufrió la villa notables desgracias ocasionadas por las guerras, por ser villa fronteriza.

En el año 1715 un voraz incendio destruyó la Iglesia   del Convento, siendo mas tarde reedificada

El Obispo D. Diego Enríquez de Almansa, pariente del Fundador, colocó en el altar mayor de la Iglesia numerosas reliquias; entre las que se enumeran las siguientes:- Una cabeza de los Niños Inocentes; otra de Santa Potenciana; la de San Acacio, obispo; San Mauricio mártir;  Santa Victoriosa, virgen y mártir; cuatro de las once mil vírgenes; San Blas mártir; San Gregorio; San Antonio de Padua; San Fabián y San Sebastián; San Ladislao, Rey de Hungría; San Alejo; Santa Ana; San Cristóbal; Santo Tomás de Cantorbery y las de otros innumerables mártires que por pequeños no se mencionan.

Alcanza dicho Sr. Obispo para el altar indulgencias plenarias con facultad de todos los casos reservados y de conmutar votos menos el de religión y castidad, y las ultramarinas  indulgencias de Roma y de Jerusalén y las de Santiago para los visitantes del altar en los días de la Ascensión del Señor y la Concepción, con facultad de ganarlas también los impedidos  y los viejos enviando a otras personas en lugar suyo y rezando cinco Padrenuestros y Avemarías y rogando por el Sr. Obispo y sus sucesores.

Tenía el Convento ganadas sentencias, una contra los párrocos por defensa de la facultad de los fieles de oír misa y sermón y no exigir cuarta funeral por los que se enterraran en el Convento en 1544.

Poseían los P.P. Franciscanos- unidos al Convento e Iglesia – una magnifica huerta y prado (el llamado de los toros)  y todos los terrenos donde hoy se hallan enclavados el cuartel de la Guardia Civil; la carretera de Zamora y las casa edificadas en derredor del Convento. De estas propiedades fueron desposeídos con motivo de la Ley de Desamortización y los P.P. Franciscanos abandonaron su residencia en esta villa en el año 1836.

A partir de esta fecha, el Convento fue utilizado por el Ayuntamiento para Cárcel del Partido y la Iglesia conventual  fue adscrita a la Parroquia celebrándose e ella los cultos correspondientes hasta que a primeros del siglo XX hubo de cerrarse al culto por el estado ruinoso de la fachada principal y la torre.”    

P.d. Aunque aparentemente parezca que no hay relación alguna entre la construcción de la iglesia y convento de san Francisco de Alcañices y un auto de fe que se celebro por aquella época en Valladolid,  recomiendo leer el Hereje, de Miguel Delibes y la Historia de los heterodoxos españoles, de Marcelino Menéndez Pelayo.  

Y hasta el  próximo curso.

De nada-

Jesús Barros